HISTORIAS DE POR ACÁ

Crónicas de una Mendoza futura, parte 2: Tac tac

En una Mendoza donde hasta el pensamiento está regulado, el régimen celebra nuevos récords de eficiencia. Pero un sonido prohibido empieza a abrir una grieta en la memoria de un hombre que nunca había dudado de nada.

 “Optimización urinaria reduce un 14% el tiempo improductivo ciudadano”, anunció uno de los titulares de la pantalla ubicada en la parada del Servicio Múltiple de Transporte.

No me sorprendió. Desde Poder EFI-CIENCIA siempre destacan esas cosas. Esta mañana me había despertado el anuncio del sistema de difusión oral, que repetía cada treinta segundos: 

“Estudio oficial confirma que el baño fue el principal foco improductivo del siglo pasado”.

Quizás sea cierto. No tengo con qué comparar.

Cuando comenzó EFI-CIENCIA yo tenía dos años y a todos los adultos que todavía podían conservar recuerdos les aplicaron el tratamiento Limpieza de Archivo Neural, que los reinició para que empezaran de cero.

Dicen que algunos consiguieron escapar y evitaron la limpieza, pero nunca me encontré con ninguno. O quizás sí y no lo supe. Apenas, cada tanto, me cruzo con alguien que me hace sospechar.

Como ayer. Ese viejo del baño que parecía tener un pene pegado al cuerpo y al que terminaron llevándose los agentes de la Dirección de Orden Público.

Subí al transporte cuando llegó el módulo 6. Entramos treinta y cuatro personas. Nadie habló. Nunca habla nadie durante los viajes porque el sistema de difusión oral aprovecha ese tiempo para transmitir información productiva.

“Dormir más de seis horas diarias disminuye la eficiencia individual”.

“Conversaciones superiores a tres minutos generan fatiga cognitiva”.

“El pensamiento retrospectivo reduce la adaptación social”.

Las frases pasaban una detrás de otra mientras la ciudad avanzaba detrás del vidrio. A veces me gusta mirar hacia afuera. Todavía sobreviven algunas acequias, pero hace años que están secas. Detrás de ellas, los edificios son todos iguales: altos, blancos y lisos. No tienen balcones ni ventanas grandes. Dicen que antes la gente desperdiciaba mucho tiempo mirando hacia el exterior.

En la instrucción nos enseñaron eso. No puedo decir que haya tenido problemas con el Régimen. Durante los años de aprendizaje me limité a memorizar los métodos productivos y repetirlos. Nunca me cuestionaron nada. Los únicos que se metían en problemas eran los que preguntaban demasiado.

Preguntaban por qué.
Preguntaban para qué.
Preguntaban sobre el pasado.
Cosas absurdas.

¿Qué se gana con saber? Nada.
Los que alguna vez descubrieron algo terminaron mal. Primero aparecía el miedo a ser descubiertos. Después empezaban a ponerse extraños, como si algo les faltara todo el tiempo. Se volvían silenciosos, inseguros, tristes. Como si ninguna de las actividades reglamentarias lograra satisfacerlos.

Alberto era uno de esos. Vivía al lado mío y fuimos juntos a instrucción. Durante años fue completamente normal. Cumplía los horarios, hacía ejercicio productivo, dormía las seis horas permitidas y jamás había pedido crédito adicional en ningún servicio.

Hasta que una noche dijo haber escuchado algo. Me lo contó en voz baja, mientras esperábamos turno en el módulo de alimentación.
Dijo que había oído sonidos de los rebeldes. No entendí a qué se refería. Pensé que hablaba de algún código o mensaje secreto. Pero Alberto negó con la cabeza.

—No eran palabras —me dijo—. Eran sonidos juntos... sonidos que parecían tener sentido.
Después agregó algo todavía más extraño:
—Hacían sentir cosas.

Durante unos días no pasó nada. Pero después empezó a hacer ruidos con la boca mientras caminaba. Golpeaba los dedos contra las paredes. Marcaba ritmos con los pies. A veces silbaba.

Eran sonidos repetitivos, molestos. La gente empezó a mirarlo. En el módulo de descanso le pidieron silencio dos veces.
Una tarde lo encontré golpeando las manos contra la mesa de su departamento. Lo hacía de manera ordenada, como si siguiera algún patrón invisible.

—¿Qué hacés? —le pregunté.
Alberto levantó la vista y sonrió.
Nunca voy a olvidar esa sonrisa porque era distinta. No parecía la sonrisa correcta de alguien satisfecho. Parecía otra cosa. Algo desacomodado.
—Escuchá —me dijo.
Y volvió a golpear las manos.
Tac.
Tac tac.
Tac.

Después empezó a mover un pie. Y por un instante ocurrió algo raro. Algo mínimo. Sentí que esos sonidos esperaban algo de mí. Como si yo tuviera que completar una parte que no conocía.

Me incomodé enseguida. Le dije a Alberto que dejara de hacer eso. Que la gente lo miraba. Que algo malo iba a pasar. Pero Alberto siguió.
Una semana después ya no volvió al edificio. Nadie preguntó nada.

En el tablero comunitario solamente apareció el aviso habitual: “Unidad habitacional liberada por reasignación sanitaria”.

El módulo 6 se detuvo frente a la antigua Plaza Independencia, hoy Estación Central 4. Bajé junto al resto de las personas y esperé que el semáforo peatonal habilitara el cruce. Entonces escuché algo. Muy bajo. Apenas un ruido. Tac. Tac tac.

Venía de algún lugar detrás de mí. Me di vuelta rápido, pero no había nadie mirándome. Solo la fila ordenada de personas esperando cruzar la avenida San Martín Y, sin darme cuenta, mientras el semáforo cambiaba a blanco, mis dedos golpearon dos veces contra la pierna.
Tac tac.