Elegí el baño de la esquina de San Martín y Garibaldi, en Capital, porque queda dentro de mi recorrido autorizado. Como está reglamentado, voy cada tres días a orinar, cada cinco a defecar y cada diez a bañarme. Casi siempre me recibe la misma persona, el número 32.638, un hombre serio y correcto que me hace firmar la planilla y me entrega lo que corresponda. Hoy, día de orinar, me dio el pene TRJ, el modelo que me queda más cómodo.
Algunos dicen que, antes del modelo efi-ciencia, las cosas funcionaban distinto: cada cual elegía qué hacer y cómo hacerlo. Pero se perdía mucho tiempo y el baño era el sitio donde la gente desperdiciaba muchas horas útiles.
Hoy, día de orinar, le pedí el TRJ al recepcionista y fui a los mingitorios. Está bien regulado el ingreso, así que siempre hay uno libre. Durante tres días se junta bastante orina, por lo que el proceso de evacuación suele durar entre 110 y 135 segundos. Si se necesitan más segundos, hay que pedir crédito en la entrada. Es bastante incómodo, porque hay que cortar el proceso, ir hasta el recepcionista y volver al mingitorio.
Se debe mirar hacia adelante, aunque se permite conversar hasta 23 segundos con alguno de los que estén orinando a los costados.
Ese día miré hacia la izquierda y saludé al hombre que estaba allí. Parecía muy viejo. Estaba encorvado. Tenía el cabello canoso y raleado, y miraba cómo salía su pis. Apenas podía verle la nuca y el cuello, que parecía una rama seca de los plátanos de la Alameda.
—Con este frío uno orina con un chorro grueso —le dije, para usar los segundos permitidos.
—Eso es si la próstata funciona bien —contestó sin levantar la mirada.
—¿Qué es la próstata? —pregunté.
El viejo tardó en responder, como si se hubiera arrepentido de haber dicho lo que dijo.
—Algo que los hombres teníamos antes —contestó, ahora casi en un susurro que apenas sobresalía del ruido de los chorros.
Lo miré con más cuidado, casi asomándome por encima de la separación de los mingitorios.
Arrugado, pálido, tibio, suave y blando
Vi que lo que tenía no era, como todos, un simple caño de plástico que hay que enroscar al cuerpo y por donde sale el orín con prolijidad. Supuse que eso que tenía era un pene original, de esos antiguos, porque se veía igual que el cuello del hombre: arrugado, pálido, tibio, suave, blando; tan viejo como el hombre. Y el pis era apenas un hilo delgado por momentos y, por otros, solo unas gotas.
El anciano aceleró el trámite, me miró un instante y salió apurado, acomodándose el pantalón.
En los 30 segundos de crédito que me quedaban recuperé un recuerdo difuso de algo que había contado mi abuelo cuando yo era niño y que siempre consideré una fantasía.
Decía que los hombres tenían el pene pegado al cuerpo. Que no solo servía para hacer pis, sino también para sentir placer y engendrar hijos, no como ahora, que todo es inyectable. También contaba que las familias se bañaban en sus casas todos los días que quisieran y que defecaban allí. Eso había sucedido hasta que los poderosos detectaron que se perdía demasiado tiempo en el baño y adjudicaban la falta de agua en el planeta a que cada familia se bañaba en su casa sin control. En Mendoza, aseguraba, hasta había casas con piletas que se llenaban todos los veranos.
Siempre creí que era un invento de mi abuelo para entretenernos. Un cuento. Una historia fantástica.
Ahora, por un instante, ese pasado parecía haber existido. Claro que era imposible comprobarlo. La memoria de la humanidad se limita solo a lo vivido en los últimos veinte años; después, todo se resetea.
Descargué todo el orín, desenrosqué el modelo TRJ y lo devolví en la recepción.
Justo cuando salí a la calle empezó a sonar la sirena. Un Zonda tibio cruzaba la avenida San Martín. Por una puerta secundaria vi pasar a dos hombres robustos llevándose al viejo que había estado junto a mí. Lo sujetaban de las axilas, casi en el aire. Tenía los pantalones bajos, colgando de los tobillos, y la cabeza gacha como derrotado, mirando su desnudez.
