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HISTORIAS DE POR ACÁ

El paracaidista que eligió morir

A pesar de que ya han pasado casi sesenta años, la historia todavía es recordada en Rodeo del Medio, Beltrán y en el Aeroclub de San Martín.

La muerte del paracaidista en San Martín

Antonio Moreno se va a morir. Todos se morirán algún día, pero él se va a morir mañana. Quizás lo sabe y por eso tiene la cabeza gacha y mira fijamente el piso de tierra, mientras Doña Josefa prepara la cena. La comida no abunda en esa casa, pero la mujer sabe que Antonio necesita hablar y lo ha invitado por más que deba reducir las porciones de sus tres hijos y de su marido Tulio, que recién ha llegado de trabajar en la finca. Es sábado 26 de junio de 1965 y en la casa de la calle Rufino Ortega arde el fuego eterno que sirve para cocinar, para tener caliente siempre un poco de agua y para apaciguar el invierno.

La muerte del paracaidista en San Martín
La cena familiar de Antonio la noche previa - IA

A Doña Josefa la tienen por curandera en el pueblo de Rodeo del Medio. Prescribe algunos yuyos, cura el empacho y la ojeadura. Quizás hasta prediga alguna suerte. Pero, especialmente, es buena consejera. Antonio Moreno es uno de los tantos que la suelen visitar con frecuencia. Lo llaman el Pelado Moreno, un apodo que arrastra desde niño y que le fue puesto por razones ya olvidadas.

Esta vez el hombre no ha ido por malestares físicos. Su cuerpo de 28 años está perfectamente sano y su vida se podría decir que es prometedora. A pesar de venir de una familia humilde, de trabajo en el surco como casi todos los de allí, logró completar el curso de piloto de avión, de paracaidista, y sueña con ser piloto comercial. No es nada de eso lo que inquieta a Moreno. Su padecer es por mal de amores.

El Chiquilín, uno de los hijos de Doña Josefa, intenta escuchar la charla entre su madre y el hombre, que están apartados del resto en una de las esquinas más oscuras de ese gran ambiente de adobe que hace de cocina, de comedor y de casi todo. El niño trata de estirarse, afina el oído, mira intentando leer los gestos y los labios. Él y todo el pueblo saben que Antonio Moreno y la Liti están noviando o van camino a eso. Leticia Maza, la hija de Juan Isidro Maza, es una de las muchachas más bonitas de la zona y sería toda una noticia que Antonio fuera oficializado como su pretendiente más firme.

La charla entre el hombre y la curandera se interrumpe para la cena. Un guiso modesto, con mucho de cualquier cosa y apenas un pedacito de carne para disimular. En la mesa se habla del clima, de la cosecha, de zonceras, menos del problema de Moreno, que come en silencio y apenas hace alguna sonrisa de cortesía.

No hay sobremesa. Moreno sale a la calle y Doña Josefa lo acompaña, para despedirlo y concluir la conversación. Después se va. El Chiquilín, que ya volvió a la calle con la honda al cuello para sorprender a los pájaros dormidos en las ramas de los arabios, lo ve irse caminando lento, aún mirando al suelo. Está estrellado y el aire huele a ajo.

Antonio Moreno se va derecho a su casa de la calle Cervantes, de Beltrán. Todavía extraña Colonia Bombal y los arrabales del cementerio donde se crió. Pero ha entendido que apartarse un poco de esos espacios familiares es parte del crecimiento. Es un tipo metódico, con objetivos claros. Siempre, desde niño, le apasionaron los aviones y ha logrado lo que quería. Su primer paso está dado. Ahora piensa en el último. Su único problema en la vida, casi el único, ha sido Liti. No sabe muy bien qué hacer en ese terreno desconocido y cambiante.

Se lava las manos y la cara. Se acuesta. No tiene sueño. Tendría que haber aceptado beber más de ese vino simple y áspero que le ofreció Doña Josefa. La noche será larga.

Ya es domingo y Antonio Moreno se levanta temprano. Va a morir y nadie debe llegar tarde a su muerte. Hay tiempo para unos mates, para almorzar con la familia. Para pensar. A las tres de la tarde llega al Aeroclub de San Martín. Ya está todo planeado, ordenado. En un rato llegará Jorge Allub, que es el presidente pero también será su piloto. Quiere batir un récord en paracaídas. Hacer un salto corto de solo 800 metros y llegar a salvo a tierra. Eso dice. Ayer hizo una experiencia y había salido todo bien. Se quiere sacar la frustración de un par de años atrás cuando intentó saltar de los 9.000 metros, para batir un récord. En ese momento no tuvo en cuenta que el avión Miles Magister, un rezago de la Segunda Guerra Mundial que debía llevarlo a esa altura, no tenía capacidad para hacerlo. Esa vez el paracaidista quería caer cerca de la laguna Los Álamos para que lo vieran sus vecinos, pero no pudo.

Ahora utilizará un Piper PA 12, el de matrícula LV-YDG. Con su ala alta, su motor de cuatro cilindros Lycoming O-235 de 75 caballos y su velocidad crucero de casi 170 kilómetros por hora, no habrá ningún problema para hacer el lanzamiento.

Al rato llegan algunos alumnos suyos. También algunos socios del aeroclub, que son casi siempre los mismos. Antonio Moreno ha saltado decenas de veces. A los 17 años ya era piloto y a los 20 ya saltaba. Ahora lo hará... por última vez. Es meticuloso y se coloca el equipo con mucho cuidado, casi como una ceremonia. Todos lo miran. Es el centro de atención.

El sol ha transformado el invierno en una tarde casi primaveral. No hay viento. Todo es perfecto. Casi todo.

A las 17:10 el Piper PA 12 despega. Moreno va en silencio. El piloto sabe lo que tiene que hacer. Un par de sobrevuelos por sobre la pista y después ir hacia el norte. No mucho, apenas un poco para alejarse de las líneas de media tensión. Además, debe tener la precaución de llegar y mantenerse en los 800 metros.

La muerte del paracaidista en San Martín
La muerte del paracaidista en San Martín - IA

Llega el momento. Antonio Moreno mira y después salta. Cae. Piensa en sus padres, en sus hermanos. Cae. Piensa en Liti, en la charla que tuvo anoche con Doña Josefa, la curandera. Cae. El aire le pega en la cara.

Luis Cremaschi está en su finca. Camina tranquilo por los viñedos. Es invierno y es domingo y no hay mucho por hacer. Siente el ruido del motor y alza la vista por instinto. No le llama la atención ver un avión tan bajo. El aeroclub está cerca y en estas tardes es normal ver alguno por allí, sobrevolando el lugar.

Mira y ve que algo cae desde el avión. Afina la vista. Es un hombre. Tampoco es raro ver un paracaidista, pero siempre es un espectáculo. Entonces mira mejor. Espera a que el hombre abra el paracaídas. Espera, mira y espera. El otro hombre cae.

El paracaídas nunca se abrió. Ahora Luis Cremaschi corre desesperado. Ha caído en sus viñedos. Corre entre los surcos y encuentra a Moreno, con el paracaídas perfectamente enfundado. No se anima a tocarlo. La posición del cuerpo es antinatural, pero aún respira o parece que respira.

Cremaschi vuelve sobre sus pasos. Corre a su casa, casi rompe la puerta al abrirla y agarra el teléfono. Marca el 02 de la central telefónica de San Martín. No atiende nadie. Corta y vuelve a marcar. Nada. En el aeroclub hacen lo mismo. Algunos ya subieron a sus autos y salen disparados hacia donde suponen que cayó Moreno.

Al rato, mucho después, quizás media hora, aparece una ambulancia que viene desde Palmira. Buscan a Moreno entre los viñedos, lo encuentran, ayudados por Cremaschi, lo cargan en una camilla y corren por los surcos. Tropiezan y vuelven a correr.

La ambulancia sale hacia el Hospital Regional de San Martín. Cuando llegan, Antonio Moreno ya no respira, ya no cae, ya no piensa.

Moreno... Moreno... Antonio Moreno... ¡Acá está! Sección 9... No entiendo lo que dice acá. A ver..., espere que llame al otro encargado del cementerio que es más antiguo que yo. ¡Caaarlooos!

Los garabatos inentendibles se repiten en el resto de los renglones. Hay un muerto por renglón. Al sepulturero que llenó esa página del Cementerio de Rodeo del Medio en 1965 sólo le interesaba entenderse a sí mismo. No pensó que alguien buscaría un muerto sesenta años después. Carlos viene y tampoco entiende, pero manda a revisar la sección 9, una de las más viejas del camposanto.

Un cartel desteñido anuncia: "Galería vieja, simple, sur". Quizás los garabatos decían eso. Los muertos llaman. Moreno, el Pelado Moreno, como dice una plaquita de bronce, está ahí. Su foto está ahí también. Se lo ve atildado, de traje, con el cabello rizado y una mueca que podría ser la de una media sonrisa triste.

"Vivirás eternamente en el corazón de tus padres y hermanos". Hay otras placas, algunas flores de plástico y una medalla que tiene la imagen de un avión y un paracaidista con su paracaídas abierto, no como el de Moreno.

No sé dónde puede vivir la familia, pero por acá hay algunos Moreno. Pregunte en alguno de los negocios de acá cerca ─ dice el sepulturero.

En uno de esos negocios un hombre cansado y viejo está desparramado en una silla. Suda. No es un invierno como aquel de la muerte, sino un diciembre sofocante.

Sí, yo sé ─ dice el hombre ─ Agarre la calle que nace del cementerio hacia el Este y siga hasta donde topa. Allí doble a la derecha. Ahí nomás, a unos 200 metros y en la primera casa que encuentre vive un hermano, si es que ya no se murió. Está viejo, en silla de ruedas.

La calle que nace del cementerio es de tierra. El sol cae a pique y no hay nadie o casi nadie. Apenas un tractor que fumiga una plantación de duraznos, de un lado. Apenas un campo de acelgas que ya se han florecido, del otro.

La casa es vieja y hace mucho que lo es. Un camión Bedford está estacionado de frente, adentro del patio. Hace años que está parado. No hay ni una sola huella en la tierra y las ruedas podrían estar tapadas por yuyos, si crecieran.

Nadie atiende. Una Santa Rita florece en lo que parece ser la puerta principal. Un perro está tirado debajo del camión y tiene tanto calor que no ladra, apenas abre los ojos para que se sepa que aún vive. "...Si es que ya no se murió", había dicho el hombre sudoroso del negocio. Quizá ya no haya Morenos. Hay un par de casas cerca. Una está más abandonada aún. La otra un poco mejor, pero no mucho. Tiene un galpón. Hay tres perros. Ninguno se levanta.

Parece un taller de chapa y pintura pero puede ser cualquier otra cosa. Hay dos hombres trabajando, uno joven y otro que ya anda por los 60. El más grande se acerca y dice que Moreno, el hermano de Antonio, no se ha muerto. Dice que está viejo y postrado, pero no ha muerto. Que vive con su mujer, solos. Que se levantan tarde. Que hay que golpear las manos bien fuertes.

Entonces se pone en cuclillas. Agarra un palito y dibuja en la tierra.

Esta es la tranquera. Acá está el camión. Acá hay una puerta, una ventana, otra puerta y otra ventana. Esta es la de la cocina. Hay que pararse ahí y golpear fuerte. Siempre están en la cocina.

La tranquera, las dos puertas, la segunda ventana, palmear fuerte. Al rato aparece una mujer en la ventana indicada. Tiene muchos años y muy pocos dientes. Dice que le dicen Tere.

Mi marido está en cama. Ya no se levanta. Tiene problemas del corazón. Es Cristóbal, hermano de Antonio.

Habla de atrás de la ventana y no amaga a salir ni a abrir la puerta. No es seguro ser viejo en medio de casi nada.

Cristóbal todavía lo sueña a su hermano. Le hace mal recordar, por eso no le voy a decir nada de que preguntan por él.

Tere tiene un recuerdo difuso de su cuñado, pero dice que "era tranquilo, bueno, quería ser chofer de aviones grandes". Hace alguna pausa, revisa su memoria y sigue: "Sí, estaba de novio con la Liti Maza. Nosotros le decíamos Nené". Respira y trata de llenar los pulmones con el aire caliente. "Sí. Algunos dicen que tenían problemas y que Antonio se mató. Nosotros creemos que fue un accidente".

No hay mucho más en su memoria. Tal vez ya no quiere que haya más. Saluda y desaparece.

Otra vez la calle de tierra y después el portón del cementerio. Son las 11:30. Ya hay 36 grados y en un rato serán más. El florista cierra el puesto. Ya nadie enterrará a sus muertos con este calor. Nadie los visitará. La vida y la muerte deberán esperar a que refresque.

Pasa un hombre en bicicleta. Es viejo y pedalea muy pausado. La chupalla encasquetada. Camisa de manga larga para proteger la piel. Alpargatas.

Más allá hay una mujer muy gastada, en su patio. Muy anciana, muy delgada, muy encorvada. Da pasitos cortitos. Más bien arrastra los pies en tramos cortitos.

Tira agua con un balde viejo. La tierra se traga todo. Cuando vuelva a seguir regando, entre sus pasitos y el calor, ya todo estará seco de nuevo. El calor aprieta y la tierra se raja. La vida también.