Sumergirse en el pasado creyendo que todo en ese tiempo fue mejor, puede producir una decepción espantosa. Uno puede descubrir situaciones horrorosas, crueles, salvajes, sangrientas. Pero la curiosidad puede más y el viaje de regreso es tentador. Entonces, hay que correr el riesgo y retroceder a la Mendoza de mediados de Siglo XIX, cuando algunos sectores en las orillas del río Mendoza eran ciénagas, allá, en el Este.
Cuando la época de deshielo y a veces cuando las tormentas, el río triplicaba su caudal y gran parte quedaba semi sumergido. Y siempre, durante todo el año, todo era un barro muy blando, casi imposible de pisar.
Justamente ese fue uno de los motivos que les costó la derrota a las tropas unitarias de Gregorio Araoz de Lamadrid en 1841, cuando quisieron cruzar por la ciénaga y los caballos se enterraron hasta las verijas.
El antiguo Carril de las Carretas bordeaba aquella zona, buscando el cruce del río hacia lo que hoy es Palmira y después se apareaba al Tunuyán, yendo río abajo.
Allá por la década de 1850, según cuentan algunos registros y sostienen algunos autores, antes de llegar al río Mendoza, por lo que hoy es la zona de Santa Blanca y donde fue la Batalla de Rodeo del Medio, no tan lejos de la Posta y que aún era descanso de los viajeros, estaba la pulpería de Casimiro Puebla. Justo en lo que se conocía como “La vuelta de la ciénaga”.
Adobe y caña. Piso de tierra bien regado. Algunas mesas, no muchas, apenas las suficientes para las partidas de truco, que se ponían adentro con el fresco del invierno y afuera, en alguna sombra, cuando el calor del verano. Había allí, cosa rara, un frondoso ombú que daba un fresco codiciado en las tardes.

En el mostrador se vendía aguardiente de caña, grapa, ginebra, vino, yerba, tabaco, sal, harina, galletas y azúcar.
En el fondo estaba el sitio para jugar a la taba y, al lado, un corral con chanchos bien gordos en que llegado su punto, se carneaban y se vendía según el cliente.
Cerca de la pulpería, sobre un costado, estaba la pista para las carreras cuadreras. Casi siempre había alguna los domingos y, a veces, también doma.

Casimiro Puebla era morocho, robusto, tenía la cara picada por la viruela y una cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha, fruto de algún entrevero que había tenido de joven. Ahora bordeaba los 50. Los parroquianos lo tenían por hombre bravo que, él solo, se hacía valer cuando había algún rebelde en pagar su cuenta.
También se encargaba a veces de separar a los que amenazaban con batirse a cuchillo, casi siempre por efecto del vino. Pero Puebla prefería no meterse en eso y lo único que hacía era correrlos hacia afuera, para que no rompieran nada y no dejaran sangre en el piso, porque después se llenaba de hormigas.
Dicen que tenía mujer e hijos, pero nunca aparecían por el boliche. Solo a veces se los veía caminar por el costado, hacia el fondo, donde estaba la entrada a la casa.
En cambio, había algunos amigos de Casimiro, dos o tres, que casi siempre estaban en la pulpería y ayudaban al dueño cuando la concurrencia era mucha. Y también le ayudaban a mantener el orden cuando se armaba trifulca. Eran hombres oscuros, secos, ásperos.
Para la segunda mitad de la década de 1850, comenzó a rumorearse algo tenebroso relacionado con la pulpería. El rumor decía que al menos tres hombres habían desaparecido después de haber pasado por la pulpería. Incluso decían que la última vez que habían sido vistos, fue justamente en el negocio de Casimiro Puebla.
Estos comentarios se extendieron por la región y los rumores se fueron agrandando con el paso del tiempo. Algunos llegaban a sostener que al menos 10 parroquianos se habían esfumado en la pulpería de Puebla.
A pesar de esto la prosperidad de Puebla aumentaba en la misma proporción que la gordura de sus chanchos.
Pero el misterio iba a terminar. Cierta noche un parroquiano salió de la pulpería hacia el fondo, buscando un lugar para orinar. Fue hasta el borde del corral de los chanchos… y se quedó espantado. Los animales se estaban comiendo un cuerpo humano. El hombre salió corriendo y, sin volver a entrar a la pulpería, le dio aviso a la policía.

La inspección que realizó la comitiva policial al día siguiente dejó como resultado que el chiquero había osamentas de al menos 10 hombres diferentes.
Casimiro Puebla y sus tres amigos fueron detenidos y condenados, tiempo después. El cuarteto se había dedicado a robar y asesinar a los parroquianos que creía más acaudalados.

El 20 de marzo de 1861 hubo un fuerte terremoto en Mendoza. Entre tantos otros edificios, la cárcel de Mendoza se derrumbó completamente. Casimiro Puebla, al igual que la mayoría de los reos alojados allí, murieron entre los escombros.
De la pulpería tampoco quedó nada.