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HISTORIAS DE POR ACÁ

Lo primero que recuerdo de la infancia son sus manos

Entre la bruma de la memoria, lo primero que emerge siempre son sus manos. Enormes, con la piel como cuero, rajadas por la tierra.

manos 2

Mi papá tenía uñas horribles, pero no fue siempre así. Fue un proceso lento que empezó en los dedos gordos de los pies, después en los de las manos y, con el tiempo, todas sus uñas fueron espantosas. 

Él decía que era por la tierra que se le metía debajo, después se le formaban hongos y las uñas se empezaban a levantar, a separarse de la piel y a ponerse negras y duras.

Él decía que no había cura. Que no era una cuestión de lavarse o no. Que la tierra se le metía debajo y listo, la uña se terminaba deformando, tarde o temprano.

Si, tenía uñas horribles. Pero decía que era por la tierra y que jamás usaría guantes. Cuando sembraba, cuando trasplantaba, cuando sacaba los yuyos de los canteros, no usaba guantes. Decía que tenía que sentir la tierra, por más que el hielo de las mañanas la transformara en un cascote cortante, filoso. Por más que el calor del verano la convirtiera en ese talco que se metía debajo de las uñas.

La primera vez que hablamos de sus uñas yo tenía unos ocho años. Fue en la huerta, mientras repicábamos un almácigo de lechugas. Era una mañana de briza del Este, que traía el aroma del lago, ese olor a color azul, a profundo, a melancolía.

¿A mí las uñas también se me van a poner así? ─ le pregunté, mientras le miraba sus manos enormes, agrietadas, con la piel como cuero.

Él no me miró. Siguió enterrando los dedos índice y mayor en la tierra, haciendo un giro con ellos y creando un hueco, para después meter la plantita, taparla y apretar la tierra alrededor, todo en una misma y única secuencia

Puede ser...─ dijo, sin mirarme. Lo dijo como hablando hacia adentro, hacia las tripas.

Solíamos tener esas conversaciones frustradas cada vez que trabajábamos en la huerta. Y a veces también en el lago, cuando salíamos a traer leña en el bote. Elegíamos los atardeceres, cuando el viento estaba en calma, cuando flotábamos en un espejo que rompíamos por un instante con el ¡chas! de los remos y la estela que quedaba detrás.

manos 2
 

Casi siempre él me dejaba remar de ida, mientras oteaba la costa en busca de ramas muertas. En cambio, papá remaba de regreso, con el bote cargado de leña blanca mientras yo iba trepado en la ruma, mirando como sus brazos se transformaban en sogas.

Recuerdo en especial una de esas tardes. Ya habíamos cargado el bote hasta el tope y estábamos regresando. Fue cuando se levantó viento. Las olas comenzaron a crecer y a meterse.

─ ¡Achicar, achicar! ─, me ordenaba papá, refiriéndose a que, con la lata vacía de duraznos que teníamos para eso, yo debía sacar el agua que entraba al bote por la borda. Pero no daba abasto. Era más lo que entraba que lo que salía y, entre las olas y la carga de leña, el bote se bamboleaba y amenazaba con darse vuelta campana. Él remaba cada vez más fuerte, tratando de llegar a la costa, pero aún estábamos lejos y la carga era mucha. 

Entonces sucedió. Recuerdo el silencio abajo del agua, la calma absoluta, el frío que adormecía, la tranquilidad.

Después recuerdo la mano, las uñas como garras que se clavaban en mi pullover grueso de lana. El tirón hacia arriba. La mano que me pegaba una vez y otra hasta que hacerme llorar a gritos, escupiendo agua.

Luego sucedieron otras cosas y papá murió treinta años después. 

Los de la funeraria intentaron cortarle las uñas, pero no pudieron.