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HISTORIAS DE POR ACÁ

El santito al que le ruego es vecino mío

Vivió acá nomás, en Rivadavia. Cosechó, podó, limpió los surcos como cualquiera. Un día lo mataron y otro día lo hicieron mártir y beato. Por eso es mi santito.

El Santo Wenceslao

Yo le ruego a Wenceslao, mi vecino. Cuando mi esfuerzo no alcanza, le ruego al Wence. Yo le pido y él, si puede me concede.

No somos muchos lo que le pedimos, los que le rogamos, los que le rezamos algún padrenuestro solo para honrarlo. Es que son pocos los que lo conocen pero, además, como es vecino la mayoría no cree en él porque dicen: ¡Cómo un vecino va a ser santo...!

Bueno, a decir verdad el Wenceslao no es santo, por más que yo y algunos pocos le digamos “el santito”. El Wence es beato. Digamos que es como una categoría anterior. Pero para mí con eso basta y sobra.

Y casi siempre atiende mis ruegos o, al menos, me hace sentir bien. Es que el Wence no está tan ocupado como Jesucito, o la Virgen, o los santos que llevan años siendo santos. Él tiene muchos menos hinchas. El Wenceslao sería como un club de barrio, de barrio de verdad, en donde juegan los que viven alrededor de la cancha, sean buenos o malos.

Las señoras con ruleros, esas que van a la iglesia tres veces a la semana, le bajan el precio al Wenceslao. Dicen que, además de vecino, era un simple peón rural y los peones rurales no hacen milagros ni nada. Para colmo era un peón que trabajaba acá no más, entre tantos otros que ahora están envejeciendo y muriéndose.

Yo les digo que está bien, que no crean en él ni nada, que no le rueguen ni lo veneren. Les digo que ya llegará el tiempo. Que esperen nomás. Que en cualquier momento el Wence se manda un milagrito. Uno sencillo nomás, porque él nunca fue hombre de andar mandándose la parte. Pero van a ver, un milagrito se va a mandar en cualquier momento.

Yo, por ahora, me siento bien contándoles de él. Diciéndoles quién fue, por dónde anduvo, qué hizo.
Wenceslao Pedernera se llamaba y nació en La Calera, en San Luis, el 28 de septiembre de 1936.

El Santo Wenceslao
El Beato Wenceslao Pedernera 

 

En 1961 se vino a Mendoza, para trabajar en la viña. Se acomodó en Rivadavia y se puso a trabajar en Gargantini.

En 1962 se casó con Marta Ramona Cornejo, la Coca, y tuvieron tres hijas, María Rosa, Susana Beatriz y Estela Marta.

En 1968 comenzó a participar de las actividades de la Iglesia católica y se metió en el Movimiento Rural de la Acción Católica Argentina en Cuyo.

En 1972 conoció al obispo de La Rioja, Enrique Angelelli y su acción pastoral comprometida con los pobres, y se fue a trabajar con él. Se fueron todos, el Wence, la Coca y las niñas, a pesar que Gargantíni ya le había dado casa y la tenía a su nombre.

Allá el Wence y su familia trabajó codo a codo con el padrecito Angelelli y su gente.

Pero una noche, la del 24 de julio de 1976, los milicos lo fueron a buscar a su casa. Lo acribillaron delante de la Coca y las nenas.

Yo hablé con María Rosa, una de sus hijas. Ella me contó:
“Estábamos durmiendo, yo sentí varias explosiones y después escuché los gritos de mi papá. Yo tenía 13 y mis hermanas 7 y 5. Salimos al comedor y alcancé a verlos y escucharlos festejando, gritando como si arrearan animales. Mi papá estaba tirado en el piso, bañado en sangre, y nos gritaba que nos fuéramos. Pero en medio del dolor, él nos decía: ´no guarden rencor, no odien, yo los he perdonado´”.

“Después lo cargaron en una camioneta y nos trasladaron a Chilecito, al hospital, rodeado de gendarmería y policía. Mi madre y una enfermera le cortaba la ropa con tijeras. Me acuerdo estar mirando eso, enfrente de una puerta, y que aparecieron unos hombres vestidos de verde, armados con fusiles. A las tres hermanas nos apoyaron los cañones en el pecho y nos empujaron contra una pared y nos mantenían ahí, como si no hubiéramos sido niñas, sino delincuentes”.

Después encerraron a la madre y a las tres niñas en una habitación, mientras Wenceslao se desangraba en otra, sin atención. “En un momento me escapé del policía que me había acompañado al baño y me empecé a guiar por los gritos de mi papá, que venían de un cuarto del hospital. Cuando abrí la puerta lo vi. Estaba acostado en una camita y había un charco en el suelo, un enorme charco. Lo habían dejado ahí toda la noche, sin atención. Al rato una enfermera le avisó a mi mamá que había muerto”.

Al par de días los militares le exigieron a Coca que se fuera de la Rioja.
“´Usted váyase de acá, si no quiere que le pase lo que le ha pasado a su esposo´, le dijeron a mi madre”.

En esos días los militares también mataron a los curitas Enrique Angelelli, Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias.

Ya todos casi se habían olvidado de ellos, de los curitas y del Wenceslao, pero resulta que el Papa Francisco no se había olvidado y lo declaró mártir. El Papa les concedió la beatificación a los cuatro el 27 de marzo de 2019 y la ceremonia fue unos meses después, el 17 de julio.

María Rosa me contó que el Wence “ponía cajones con verduras, que cultivábamos en el patio, para que la gente que pasaba se llevara lo que le hiciera falta, sin cobrarle un peso a nadie. Lo mismo cuando venía gente a buscarlo para llevar a algún enfermo, una parturienta...”

Yo por eso le ruego al Wenceslao. Porque él me entiende como nadie. Porque se ensució con esta misma tierra, se cagó de frío podando, tacheó como todos nosotros.

Por eso le ruego. Porque nos entiende.