Ayer se llevaron a doña Juanita. Una ambulancia se la llevó. La sacaron hecha un bollito de su casa. Siempre la vi de lejos, la primera vez hace unos cuatro años. Tan encorvada que la cabeza le llegaba a la altura de la cintura, como si la doña buscara rastros, como si estuviera perdida o cazando.
Supe que había llegado a esa casa con su marido Antonio a principio de los noventa, como contratistas. Lo supe por los vecinos, que siempre se encargan de saber lo que no se quiere contar. Dijeron que Antonio solía hacer changas por las fincas del callejón y que era tan flaco como la bicicleta en la que andaba. Que Antonio se murió un día. Que ella quedó sola en la casa.

Nadie supo contar de qué murió Antonio, si de viejo, de triste o de enfermo. Llegué a ver a doña Juanita unas cuantas veces, siempre encorvada, cada vez más. La última vez la cabeza le llegaba a la altura de las rodillas.
Ayer vino una ambulancia y se la llevaron. Hecha un ovillo se la llevaron. Dijeron los vecinos que ya no volverá. Se la llevaron hecha un ovillo al que ya no hay forma de encontrarle la punta. Seguro encontró lo que buscaba.

