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HISTORIAS DE POR ACÁ

¿Cómo es el club de pueblo que recuerda cada uno, donde se timbea y se disimula?

Todos recordamos algún sitio así. Puede ser recuerdo de nuestra infancia o parte de un presente a punto de evaporarse

Salón de juego

Han pasado muchas cosas por ese salón de juegos. Allí se han perdido sueldos, autos, casas, fortunas. Allí también alguien ha ganado. Pero casi siempre los perdedores y los ganadores se separan en dos grupos bien diferenciados. Nadie puede asegurar esto con un método científico e indubitable, pero es así. Los que pierden, pierden siempre, incluso hasta cuando ganan, porque esa ganancia solo sirve para que se tienten, para que se ceben y después sigan perdiendo.

No puedo afirmarlo, pero creo que en cada pueblo hay uno, en cada ciudad chica. En las ciudades grandes no, allí solo hay casinos que tienen otros códigos, otras reglas y otros habitantes. En los pueblos, en cambio, están estos salones que casi siempre son llamados “el club” y en donde se definen muchas cosas de los que allí viven: la fortuna con el dinero, pero también la suerte en el amor. Porque hay que reconocer que nadie quiere a quien se reventó la quincena en las cartas.

Allí, en esas mesas casi siempre de paño, se escurren las noches como si fueran un instante. Se dilapidan las promesas. Se olvida y al amanecer no hay redención ni milagro. Seguramente quien lee esto, recuerda uno de esos sitios. Lo recuerda por haberlo frecuentado o por haber tenido que rescatar a alguien de allí. O, simplemente, por pasar por su entrada y saber que allí dentro se definen las cosas en una dimensión distinta.

Club social
Club social

En esas casillitas de la foto, se guardan los mazos de cartas, quizás las fichas. Allí las cartas se esconden del sol y asoman cuando las sombras advierten que va llegando la hora. Hay sitios, clubes, salones de juego, que durante el día se transforman en otra cosa, se disfrazan. En comederos, por ejemplo.

Yo estoy aquí, en uno de ellos. Los veo llegar de a pares, de a familias, de a uno. Todos morenos, rajados por el sol. A mitad del día, se han quedado varados en la ciudad. Por menos de esa plata no hay otro lugar donde comer, salvo un pancho que no alcanza a llenar ni media tripa.

Hay uno que entra solo. Pide, le traen, saca el teléfono y llama, mientras empieza a cortar la milanesa. Habla sin parar, mientras mastica. Sin parar. Del otro lado, si es que alguien atendió el llamado, apenas asienten con un sonido gutural. El hombre solo habla sin parar, hasta que termina de comer. Porque una cosa es estar solo y otra es comer solo.

El resto hace lo mismo. Mañana también. Y esta noche habrá otros, otras soledades. Porque, en definitiva, la vida es eso, un rato de compañía entre una soledad y la otra.