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HISTORIAS DE POR ACÁ

Todos tenemos un primer recuerdo de un estadio lleno y un abuelo que nos llevaba de la mano

Pueden cambiar lugares, camisetas, épocas, jugadores, pero siempre hay en nuestras memorias el recuerdo de la primera vez que fuimos a la cancha

El abuelo y la cancha

Apenas sobrevivían unos pocos pelos en la cabeza de Fito. Eran un manojito insignificante que apenas se enrulaba. Habrá tenido en ese tiempo unos 60 años o un poco más, pero a mí me parecía el hombre más viejo del mundo, el más serio y el más sabio.
Era de esos tipos altos y robustos que parecen gordos, pero no lo son. Para mí, que por ese entonces tenía unos cinco años, era una figura invencible, patriarcal, venerable.

Yo no lo sabía, pero Fito le había ordenado a toda la familia que yo le dijera abuelo. No recuerdo por qué, pero yo le decía Fito, como todos, y eso a él le pesaba. Era ferroviario desde siempre, socialista desde antes y uno de los primeros asociados a la Cooperativa El Hogar Obrero. Su carácter fuerte estaba matizado con un espíritu solidario y eso le había hecho ganar el respeto de sus compañeros de trabajo.

Ya de grande había conocido a Mary, una mujer que había sido abandonada por su marido y que como único recuerdo le había dejado tres hijas mujeres. Una de ellas era mi madre.

Cuando Fito, que en realidad se llamaba Adolfo Bequi, llegó a la vida de estas cuatro mujeres, las hijas de Mary ya eran grandes y estaban casi saliendo de la adolescencia.

El hombre no le importó eso y se transformó en el jefe del hogar, con todo lo que eso significaba. Mantenía a todos los que vivían en un amplio departamento ubicado en el segundo piso del antiguo edificio de Suipacha 923 de la Capital Federal.

Fito imponía autoridad y exigía que se respetaran sus designios. Quizás por eso toda la familia reafirmó una forma de ver la vida cuya semilla ya había germinado antes. Todos eran socialistas y socios e hinchas de Independiente.

Ángela, la mayor de las hermanas, se casó poco después y la del medio, Nélida, un tiempo más tarde, con un militar norteamericano y se fue a vivir a Estados Unidos. La menor, Mercedes, mi madre, fue la última en partir hacia el Sur y formar su propia familia.
Ángela tuvo dos hijos, Oscar y Eduardo, y luego su matrimonio fracasó y regresó al nido. Fito aceptó ese regreso con los mismos condicionamientos de siempre. Su palabra era santa y no se podía cuestionar.

Entretanto, Mercedes tuvo dos hijos y un día nefasto murió imprevista e inexplicablemente.

Fito viajó al Sur y se trajo a los hijos de Mercedes, hasta que el viudo se acomodara a la nueva situación. El mayor de los niños era yo. Tenía 5 años y el menor, 8 meses.

Fito convocó a un consejo familiar y ordenó un par de acciones urgentes. La primera era tratar de distraer y entretener al pequeño de 5 años. La otra acción inmediata e indispensable era hacerme hincha del Rojo y llevarme a la cancha.

Eduardo, el menor de los hijos de Ángela, fue designado para cumplir la misión: convencerme de que Independiente debía ser mi pasión de ahí en adelante.

Pese a que Eduardo ya estaba en la adolescencia, tomó ese desafío como propio. Mientras aceptaba volver a la infancia y jugar conmigo, llevaba adelante una metódica campaña para transformarme en un nuevo fanático. Tenía a su favor que el equipo de Independiente pasaba por un momento de gloria.

Independiente de 1969
Independiente de 1969

Promediaba 1969. El equipo del Rojo estaba integrado por Santoro, Comisso, Monges, Semenewicz y el Chivo Pavoni. El Pato Pastoriza, Raimondo y Adorno. Bernao, Yazalde y Tarabini.

No opuse resistencia. La fuerte imagen de Fito y el cariño por Eduardo hacían desaparecer cualquier objeción. Pero faltaba el golpe de gracia.

Había que llevarme a la cancha. Entonces, un domingo en que Independiente jugaba de local, fuimos a Avellaneda. Adentro del estadio nos separamos. Fito fue a la platea de vitalicios para ver el partido con sus amigos de la cancha.

“¿Por qué no podemos ir con él?”, le pregunté a su primo, quienes se habían quedado en la platea común.
“A Fito no le gusta que lo molesten cuando juega Independiente”, contestó Eduardo.

Fito era así: duro, casi dictatorial.

En la siesta se debía hablar en un susurro para no despertarlo. Cuando se levantaba había que tenerle preparadas las tostadas bien crocantes y el café.

El único que ahora podía romper esa rutina era yo. Fito me había concedido un beneficio: antes de levantarse de la cama y mientras fingía que todavía dormía, permitía que yo fuera hasta su cama, que me subiera a ella y que le tirara suavemente de los poquísimos pelos que le quedaban.

Entonces, Fito fingía que despertaba sobresaltado y eso me hacía morir de risa.

Pero esa ternura desaparecía totalmente en la cancha. Fito no podía ser molestado mientras miraba jugar al Rojo.

Pasó el tiempo. Siete años pasaron. Crecí.

En el '77 ya era un fanático más de Independiente, ya no vivía en Buenos Aires y seguía los partidos por radio. Era el Independiente de Bochini, de Trossero.

Para esa época, una vez pude viajar a la capital para visitar a mi familia. Fito ya había muerto.

Le pedí a mi primo Eduardo que me llevara a la cancha. En esa fecha, Independiente jugaba de visitante contra el glorioso Huracán de Brindisi, Housemann y Babington.

Esa tarde, el sol pegaba de lleno sobre la tribuna de los hinchas de la visita. Terminé insolado, con fiebre y con una derrota de 2 a 1.

Fue la última vez que fui a la cancha. No regresé más.

Quizás haya influido esa derrota, pero más influyó la ausencia de Fito en la platea.