Los libros también envejecen. Algunos lo hacen con mucha dignidad y otros simplemente juntan polvo y ocupan espacio, lo mismo que las personas. Entonces, ¿qué hacer con ellos? ¿Cómo ganan espacio las librerías en sus estanterías? ¿Cómo hacen los libreros para despojarse de esos ejemplares olvidados que nadie compró y que nadie comprará? Aún más: ¿los libreros todavía existen, o solo sobreviven los dueños de librerías?
Hace unos años se armó un revuelo en la calle Garibaldi. Una de las librerías había decidido desprenderse de cuatro cajas llenas de libros. Sin mucha vuelta, las metieron en un contenedor de basura.
Algunos peatones que pasaban por allí se escandalizaron. Otros creyeron que era bueno hurgar y tratar de rescatar algo de la ignominia. Nada era muy útil. La mayoría eran textos educativos viejos y desactualizados.
Algunos entendieron que tirar libros es atentar contra la cultura y el conocimiento. Pero, entonces, ¿qué se hace con los libros que ya no se venden, que ya no se leen, que solo juntan polvo?
De joven trabajé en una antigua y tradicional librería de Buenos Aires que, además de su local comercial con un sótano enorme, tenía un gran departamento en un viejo edificio cercano que usaban de depósito. Allí acumulaban los libros que ya no tenían lectores potenciales. Como una de sus especialidades de la librería era la jurídica, había una gran cantidad de ejemplares de La Ley y de El Derecho, que recopilan fallos y jurisprudencia. Años y años de historia legan en esos enormes tomos muy bien encuadernados.
Allí estaban, apilados cuidadosamente y esperando. Cierto día apareció un tipo. Un abogado más o menos joven. Se había asociado con un colega y habían abierto un estudio.
“Tengo una gran biblioteca en tres paredes de mi estudio. Son de 2,50 de alto por 4 de ancho y necesito llenarlas”, dijo. El tipo quería impresionar a sus clientes y necesita un decorado acorde.
Don Alberto, uno de los libreros y dueños, le dijo: “Tengo lo que quiere. Le vendo 30 metros cuadrados de libros... pero los carga usted”.
Claro, también había libros no tan vistosos pero igual de olvidados. Yo me encargaba de ellos. Don Alberto me los entregaba a un módico precio y los sábados me iba a la Plaza Rivadavia con el subte de la Línea A.
Allí, entre puestos de libros y estampillas de colección, los revendía con dificultad y con una ganancia escasa. Lo más interesante terminaba siendo las charlas con los puesteros, todos hombres grandes y curtidos.
Pero también había una tercera opción para vaciar estanterías y dejar lugar para las nuevas ediciones.
“En la librería los libros no se tiran. Espanta a los clientes”, decía Alberto. Entonces elegía aquellos ejemplares invendibles, incluso en la Plaza, y hacía que yo los llevara a la Plaza Lavalle.
Allí había puesteros que competían moderadamente con las librerías formales.
Yo intentaba sacar algunas monedas vendiéndoles paquetes de 20 ejemplares diversos o, si no había oferta, directamente se los regalaba a esos hombres malhumorados y que sabían realizar alguna pequeña estafa para venderlos: cubiertas que no se correspondían con el texto, fechas de ediciones que no eran las reales y cosas por el estilo.
Pero así como había libros viejos que nadie leería jamás, también había otros muy estropeados que no parecían valer dos pesos y que eran tratados como joyas por don Alberto.
Provenían de las bibliotecas de los difuntos recientes. Se compraba la totalidad de los ejemplares y se seleccionaba aquellos que tenían valor por su autor, su título y su edición o alguna de estas tres cosas.
Muchos llegaban sucios, manchados, ajados. Alberto, con enorme paciencia y hasta con cariño, agarraba uno por uno y los limpiaba cuidadosamente.
Con una goma de borrar blanca le limpiaba las páginas y la cubierta. Les borraba las huellas de los dedos manchados, las manchas de café o de vino o la de una simple y cruel yema dactilar sucia.
Con una lija para madera de grano muy fino les limpiaba los bordes con el libro cerrado y después, entre sus bigotes tupidos y mirando por sus anteojos de leer que no se quitaba jamás, los soplaba suavemente para quitarles lo que quedaba de polvo y de olvido.

Pero una de las cualidades más grandes de Alberto era su capacidad de ojear un libro y en menos de 5 minutos poder hacer un resumen mental, archivarlo en su memoria y poder explicarle al futuro cliente de qué trataba el libro, y recordar sin dudar un instante que otros títulos eran del mismo autor y que fecha de impresión tenía el ejemplar ofrecido.
Un tío mío, Ricardo Roberto Romualdo Rolón (y otros nombres con R que ya no recuerdo) fue fundador de una de las librerías más grandes de Asunción de Paraguay. Librería Comuneros.
Allí los libros eran el motivo pero también la excusa de grandes reuniones de lectores, autores, políticos e intelectuales de la más variada especie.
Dicen que allí los libros jamás se tiraron. En todo caso servían para apoyar una botella de whisky y hablar por enésima vez de la vida y de mujeres.
Augusto Roa Bastos supo ser uno de los concurrentes a esas reuniones mientras dejaba firmados algunos ejemplares de “Yo el Supremo”.
Fueron otras épocas.
En un pasado mucho más reciente, un par de años, pasé caminando por la calle Garibaldi mendocina y entré a una de las librerías (otra, no la de los libros en el contenedor) y pedí Niebla, de Miguel de Unamuno.
El dependiente preguntó quién era ese autor y qué género cultivó.
Finalmente, después de 10 minutos de desesperada búsqueda, encontró el ejemplar solicitado. Triunfante, regresó con el libro en la mano y con una sonrisa me lo entregó, diciendo:
“Están buenos los cuentitos de Unamundo ¿no?”.


