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HISTORIAS DE POR ACÁ

Un cadáver en la caja fuerte, el crimen más increíble ocurrido en San Martín

El paso del tiempo atenúa y distorsiona. Reconstruir uno de los asesinatos más crueles ocurridos en San Martín es un desafío. Por suerte, todavía queda gente memoriosa.

La caja Fuerte

El atardecer del lunes 13 de septiembre de 1993, las escribanas Clara G. y Norma L. hablaban animadamente por teléfono. “Dame un segundo, ya vengo”, dijo Clara antes de apoyar el tubo sobre el escritorio. Norma quedó esperando del otro lado de la línea. Le pareció escuchar una conversación: la voz de su colega y la de un hombre joven que le decía “mamita”. Pasaron varios minutos, quizás más de cinco, y decidió cortar. “Clara ya me va a volver a llamar”, pensó. Pero nunca lo hizo. La escribana G., quien durante años había estado al frente del Registro Civil, no volvería a hablar con nadie.

La tarde siguiente, el martes 14, el cerrajero Pedro “el Palo” Ferrando llegó cargando su caja de herramientas a la escribanía del paseo Echesortu y Casas, en pleno centro de San Martín. Lo acompañaban dos policías. El teléfono seguía descolgado y el ambiente del estudio tenía algo extraño: una estufa a gas permanecía encendida desde hacía horas, consumiendo el oxígeno y manteniendo el lugar sofocantemente caliente. La escribana, una mujer de más de 60 años, llevaba ya un día desaparecida.

“Uno de los policías colgó el teléfono y apagó la estufa. Yo no dije nada, pero pensé: ahí desaparecieron las primeras pistas”, recordaría Ferrando muchos años después.

La caja fuerte

El juez de Instrucción Mauricio Mathon había ordenado revisar el protocolo de la escribanía. Tal vez allí apareciera algún indicio sobre los últimos movimientos de Clara G. o sobre el lugar donde podían encontrarla.

“Había una caja fuerte alta, de casi un metro ochenta, escondida detrás de una puerta falsa. Me ordenaron abrirla”, recuerda Ferrando, habituado a participar en allanamientos judiciales.

Trabajó unos veinte minutos con el taladro. Cuando los pasadores cedieron, la pesada puerta de hierro se abrió sola unos diez centímetros.

“Ahí me di cuenta de que había algo adentro. Estas puertas nunca se mueven solas, aunque estén destrabadas. Entonces alumbré con una linterna y le dije al policía que estaba detrás mío: 'Acá está'. Él me contestó: 'No me jodas'”.

Durante las últimas 24 horas la Policía había rastrillado descampados, acequias y canales de toda la zona. Nadie imaginaba que el cuerpo hubiera permanecido siempre allí, a pocos metros del escritorio de la víctima.

“Estaba sentadita, en posición fetal. Con las piernas recogidas, la cabeza apoyada sobre las rodillas y los brazos hacia adelante”.

El crimen y el mito

La memoria colectiva tiene mecanismos extraños. Aunque el caso fue resuelto, con los años el relato fue deformándose hasta convertirse casi en una leyenda urbana.

Todavía hoy algunos vecinos hablan de un amante joven, experto en artes marciales, que habría asesinado a la escribana por despecho y codicia. Dicen que quebró el cadáver con golpes de karate para hacerlo entrar en la caja fuerte.

Nada de eso fue cierto.

La autopsia realizada por el médico forense Osvaldo Sprazzatto determinó que la víctima presentaba golpes de puño y puntapiés, pero sin fracturas. La muerte había sido causada por estrangulamiento, posiblemente utilizando la cadena de fantasía que llevaba puesta y alguna tela —una toalla, un chal o una bufanda— para completar la maniobra.

La investigación permaneció estancada durante meses. En ese tiempo las sospechas apuntaron a personas equivocadas, entre ellas un sobrino de la víctima.

La confesión

El 17 de enero de 1994, cuatro meses después del crimen, la Policía detuvo a Omar Enrique Peña Betancurt, un chileno de 23 años con antecedentes por pequeños hurtos y arrebatos. Mientras era interrogado por otros delitos menores, se quebró.

“Pidió hablar con el juez porque la conciencia no lo dejaba vivir”, recordaría años después el magistrado Armando Martínez, que en aquel verano actuaba como juez de feria.

“Cuando se sentó frente a mí se largó a llorar desconsoladamente”, contó el ex camarista.

Peña relató que solía lavar autos y hacer mandados para comerciantes y profesionales del centro sanmartiniano. También aprovechaba descuidos para robar lo que pudiera.

Esa noche del 13 de septiembre, cerca de las 20.30, entró a la escribanía mientras Clara G. hablaba por teléfono. La caja fuerte estaba abierta. Tomó el poco dinero que encontró, pero hizo ruido. La mujer lo descubrió.

Según su confesión, le pidió que no gritara y que lo dejara irse. Cuando ya estaba cerca de la puerta de salida, la escribana comenzó a pedir auxilio. Entonces la mató.

Los sobrevivientes del caso

El 11 de noviembre de 1995, Omar Enrique Peña Betancurt fue condenado a prisión perpetua. Cumplió íntegramente la pena y recuperó la libertad hace algunos años.

El juez Armando Martínez llegó después a integrar la Cámara del Crimen y murió convertido en un magistrado respetado dentro del Poder Judicial mendocino.

Algunos de los policías que participaron de la detención de Peña terminaron más tarde salpicados por otras investigaciones oscuras. El tiempo dispersó sus nombres.

Pedro “el Palo” Ferrando, en cambio, sigue en San Martín. Continúa abriendo cerraduras, vendiendo candados y haciendo copias de llaves. También conserva recuerdos.

Porque a veces, detrás de una puerta falsa y una caja fuerte oxidada, no queda solamente un cadáver. Queda una historia entera esperando que alguien vuelva a abrirla.