La Vendimia cumple 90 años con celebraciones en las calles, pero en viñedos y bodegas se vive una realidad sombría. La vitivinicultura, eje económico y cultural de Mendoza, atraviesa una crisis “estructural” y “terminal”. Bodegas emblemáticas han debido acogerse a concursos preventivos de acreedores, mientras los precios de la uva caen y los costos de producción se disparan.

El consumo interno de vino muestra una caída histórica. Entre 2015 y 2025, el consumo per cápita bajó de 23,8 a 15,7 litros, con los consumidores refugiándose en vinos económicos y tetra brik. Paralelamente, cervezas y bebidas sin alcohol ganan terreno, especialmente entre los jóvenes.

El Este mendocino, corazón productivo de la provincia, enfrenta una merma del 17% en la cosecha por heladas y deterioro de viñedos. La concentración de comercializadores, junto a los altos costos de electricidad y logística, afecta aún más a los productores, generando cierres, pérdida de empleo y emigración de jóvenes.
La Vendimia refleja así un contraste: mientras los turistas disfrutan del espectáculo, los productores lidian con precios bajos, sobreoferta, caída del consumo y altos costos. “Sin productor primario, no hay vino. Y sin vino, no hay Mendoza”, advierten los viñateros, señalando que la industria clave para la identidad y economía provincial está al borde del abismo.