Los niños somos crueles. Lo digo así, en presente, porque la infancia no es una etapa de la vida que se supera, solo queda suspendida.
Los niños somos crueles con los otros niños. Despiadados somos. Quizás solo nos regimos por un mandato milenario, animal, que nos hace tratarnos entre niños con brutalidad y que tiene como principio el que sobrevivan solo los más fuertes, los más hábiles, los más capaces. A los otros, a los débiles, a los temerosos, a los tímidos, hay que hacerles sentir su vulnerabilidad.
Y nuestra crueldad se potencia con la del otro, la del que tenemos al lado y construimos un grupo cruel que avanza sobre el débil, el distinto.
En esta infancia nuestra, detenida en el tiempo, las maestras también intervienen en esta relación cruel. Las he visto y escuchado. Han hecho pasar al frente al torpe y lo han expuesto en su ignorancia ante todos, lo han tratado de bruto, de idiota. Dicen que en las infancias que vienen después de la nuestra eso no ocurre tanto, pero siguen marcándose esas diferencias entre alumnos de otra forma, a veces más indirecta pero que no menos despiadada.
En mi infancia de zona rural estas relaciones crueles también existen y, tal vez, son más brutales todavía. Ocurre que aquí los compañeros de la escuela son los compañeros también afuera, porque no hay otros. Somos los únicos niños aquí y no podemos elegir. Debemos relacionarnos entre nosotros. Entonces, el maltrato a los débiles se sostiene fuera de la escuela. Lo otro, la única opción, es quedarnos solos y aislados.
Entonces, así crecemos y arrastraremos estos modos y estas cicatrices para siempre. Quizás pueda salvarnos desarrollar otras virtudes: ser más cultos, más estudiosos, más pensantes. Pero, aun así, las heridas quedarán allí, abiertas para siempre.
Los niños somos crueles. Claro, algunos niegan esto. No quieren afrontar ese papel de niño, quizás porque les avergüenza o, simplemente, porque siguen ejerciendo esa crueldad ahora, en el trabajo, en el bar, en la calle.
También es cierto que la niñez en las zonas rurales tiene características que las personas de las ciudades no entienden. Más aún, la vida en la zona rural suele ser algo extraño, desconocido, difícil de razonar.
Un ejemplo: A los siete u ocho años, más o menos, ya sabemos usar el hacha para cortar leña, la pala para picar la huerta, sabemos ensillar al petizo, salimos a hacer las compras y andar kilómetros sin compañía ni temor.
Y sabemos también cargar el rifle porque, cada tanto, salimos a cazar liebres con el papi y él nos enseñó, porque es mejor saber y entender los riesgos que pegarse un corchazo por ignorante.
Les cuento esto porque sé que no lo entienden o que quieren olvidarlo.
La infancia es así. No es cierto eso que dicen que “no hay tiempo mejor”. Al menos no es esa la regla general.
Porque los niños somos crueles, lo hemos sido siempre, lo seguimos siendo.


