HISTORIAS DE POR ACÁ

La tragedia más terrible e inexplicable ocurrida en el Este

En octubre de 2009, una explosión en el barrio Mebna de San Martín reveló una decisión extrema: una familia que había llegado desde Buenos Aires buscando alivio terminó encerrada en su propia tragedia.

Los vecinos fueron los primeros en llegar. Encontraron a la mujer dentro de la acequia, al hombre y a sus dos hijos sentados en la entrada, en silencio. Quemados, aturdidos, inmóviles. Nadie gritaba. Nadie pedía ayuda.

En las horas siguientes morirían casi todos. Marcelo Scordomaglia, de 44 años, falleció esa misma noche. Su hijo mayor, Alejandro, de 15, murió poco después. El menor, Gianfranco, de 7, falleció en el hospital pediátrico. Laura Brodín, también de 44, sobrevivió un día más. Fue la última.

Lo que al principio pareció un accidente doméstico empezó a desarmarse cuando apareció una carta.

No estaba dirigida a nadie en particular. Tampoco tenía firma. Pero hablaba en plural: “somos cuatro”, decía. Dentro de un sobre, junto al escrito, habían dejado los documentos de toda la familia. El texto explicaba la decisión de morir. Hablaba de problemas emocionales, de una situación económica que no encontraban cómo sostener y de un hijo “incontrolable”.

Era, en los hechos, una despedida.

Una llegada sin arraigo

Los Scordomaglia llevaban apenas ocho meses en San Martín. Habían llegado desde Buenos Aires con una expectativa concreta: encontrar algo de calma.

Marcelo era técnico en informática. Había perdido el trabajo en la Capital y atravesaba una depresión. Laura había conseguido un traslado laboral a la obra social docente y ese ingreso era el único sostén de la familia.

Los dos hijos tenían cuadros complejos. Alejandro estaba bajo tratamiento por una patología psiquiátrica severa. Gianfranco tenía un retraso que afectaba su movilidad y su comunicación.

La mudanza fue una apuesta. Menos ruido, menos presión, otra vida posible.

Pero el traslado no resolvió nada.

En la casa alquilada —manzana F, vivienda 1— la vida se volvió cada vez más cerrada. Los vecinos los recuerdan como poco sociables. Lo que sí se escuchaba eran gritos. Vidrios rotos. Episodios que se repetían.

Hubo exposiciones policiales hechas por vecinos preocupados. No prosperaron. La familia incluso se presentó por sus propios medios a pedir ayuda. El caso llegó a un juzgado de Familia.

También hubo asistencia. Tratamientos en salud mental, subsidios municipales, ayuda de la parroquia del barrio. Muebles, acompañamiento, visitas de asistentes sociales.

Nada alcanzó.

El plan

La escena dentro de la casa indicaba preparación.

Las rendijas de puertas y ventanas habían sido selladas con trapos y cinta. En el dormitorio principal se había liberado gas. Todo apunta a que buscaban una muerte sin violencia visible: quedarse dormidos.

Pero el plan falló.

Alguna fuga alcanzó una fuente de ignición —un piloto, un motor— y produjo la explosión. La onda expansiva derrumbó parte de la vivienda y desató el incendio.

Aun así, lograron salir.

Ese es uno de los puntos que más impresionó a quienes intervinieron. Las quemaduras eran extremas. Más del 50% del cuerpo en varios casos. Sin embargo, no hubo gritos.

Un médico del servicio de emergencias recordaría después el silencio, el olor, la dificultad para tocar a los heridos sin que la piel se desprendiera.

La escena quedó grabada en quienes estuvieron ahí.

Lo que quedó

En los días posteriores, las piezas terminaron de encajar.

La carta había sido escrita por Laura. El tono, los detalles, la referencia constante a la situación de la familia. Era la voz más lúcida en medio de un cuadro que describía como “insoportable”.

También dejó instrucciones. Pidió disculpas al dueño de la vivienda por los daños y aseguró —sin que pudiera confirmarse— que la casa estaba asegurada. Dispuso además que sus bienes fueran entregados a la parroquia que los había asistido desde su llegada.

No hubo imputaciones. Sin sobrevivientes, la causa quedó sin responsables penales posibles.

Quedaron, sí, las preguntas. Si hubo medicación previa. Desde qué artefacto se liberó el gas. Qué ocurrió exactamente en los minutos finales.

Preguntas sin respuesta.

Tres tumbas y cuatro nombres

El 8 de noviembre, en el cementerio de Buen Orden, la historia terminaba de tomar forma material.

Cuadro 32 B. Sepulturas 24, 25 y 26.

No hay placas. No hay nombres a la vista. Solo montículos de tierra, cruces precarias hechas con totora y flores marchitas.

En una de esas sepulturas hay dos cruces.

Ahí están Laura y Gianfranco.

En las otras, Marcelo y Alejandro.

Los registros del cementerio conservan los datos. Afuera, casi no hay marcas. Algunos vecinos pasan, a veces. Gente de la parroquia. Nadie más.

La familia que llegó buscando tranquilidad quedó reducida a ese espacio mínimo, sin inscripción.

Una casa sellada, una carta sin destinatario y tres tumbas sin nombre.