Sobre la piedra de mármol se lee apenas una palabra: "Franciscus". Nada más. Ni títulos, ni honores, ni fechas. Encima, como una sombra protectora, cuelga una reproducción de la vieja cruz de hierro que acompañó su pontificado, símbolo visible de su anhelo de humildad, incluso frente a la eternidad. El lugar destila una sobriedad que conmueve e invita a reflexionar.
El Vaticano difundió el pasado domingo las primeras imágenes de la tumba de Francisco, el papa que, hasta su último suspiro, eligió la sencillez como su escudo. Una losa blanca, fría y serena, parece resistirse a la solemnidad del momento. Bajo la vastedad abovedada de la Basílica de Santa María la Mayor, en pleno corazón de Roma, descansa el pontífice. La elección del sitio de entierro no fue casual: Francisco había pedido reposar en Santa María la Mayor, el lugar al que tantas veces acudió en silencio, escapando de las luces de la plaza de San Pedro.
A solo un día del traslado de su féretro en una solemne procesión por las calles de Roma, miles de fieles comenzaron a rendir homenaje en la basílica. A primera hora, la multitud se agolpaba frente a la tumba: eran unas 13.000 personas, según informó la Policía.
En San Pedro, la misa del domingo fue presidida por el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano y, según los rumores que recorren los pasillos sagrados, uno de los papables más fuertes. Su homilía tejió un delicado equilibrio entre el duelo y la esperanza: "Francisco nos enseñó a caminar con los pies descalzos sobre la tierra de los humildes".

