La vida no ofrece demasiadas oportunidades de llegar a verdades absolutas. Casi todas las certezas terminan convertidas en dudas, medias verdades o simples equivocaciones. Pero, cada tanto, uno tropieza con una conclusión propia, definitiva, aunque no sirva para mucho más que para entender algunas cosas.
Después de gastar casi medio siglo de mediasuelas al reverendo cuete, quien escribe llegó hace poco a una de esas verdades inútiles y fundamentales al mismo tiempo: siempre será preferible un incapaz antes que un desaprensivo; un torpe antes que un indiferente; un inútil antes que alguien sin ganas.
El inteligente desganado cumple apenas con lo justo. El torpe que se interesa deja algo suyo en lo que hace. Aunque el resultado parezca el mismo, el esfuerzo siempre deja una diferencia. Quizás por eso existen los clubes de barrio.
Porque casi nunca nacieron de grandes planes, ni de dirigentes brillantes, ni de estructuras organizadas. Nacieron del empeño obstinado de gente imperfecta, muchas veces desprolija, pero convencida de que había que hacer algo.
¡Gol! ¡Goooool! El Chulo saltó del banco con los brazos abiertos. Detrás del arco casi no se veía nada: apenas un mar de banderas verdes y amarillas agitándose enloquecidas mientras la tribuna cantaba, desafinada y feliz:
—“...salió nuevo campeón...”
El grito le raspó la garganta.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Diez años? ¿Quince? ¿Veinte?
También había sido un domingo, como este. Don Juan había organizado otra kermese para juntar fondos. Ya nadie recordaba bien para qué. Tal vez para pagar el viaje de unos chicos al mar. Tal vez para una operación. Tal vez para comprar juguetes de Reyes. En los barrios humildes las urgencias se pisan unas a otras y terminan mezclándose.
El Chulo había llegado temprano. Hacía rato que sus vicios empezaban a pasarle factura. Todos los domingos sentía unas ganas enormes de dejar todo: el vino, el porro, las pequeñas mañas para sobrevivir. Después llegaba el lunes y volvía a lo mismo.
En la puerta lo recibió Barbosa, el histórico portero, encargado, sereno y maestranza del club. Lo miró con desconfianza, pero lo dejó entrar.
Adentro ya estaban los de siempre: la gente que seguía a Don Juan aunque el plan pareciera imposible o directamente delirante.
Ramón se le acercó sonriendo.
—¿Qué hacés, Chulo? ¿Qué pensás de la vida? Nunca había sabido si aquello era una pregunta o un desafío.
—Vení. Vos te vas a hacer cargo de la tómbola.
Carlos, uno de los muchachos de la comisión, levantó apenas las cejas y negó con la cabeza. El Chulo ya cargaba su fama encima. Él y varios pibes del barrio venían etiquetados desde hacía años: chorros, rateros, borrachos, faloperos. En los barrios pobres, las condenas suelen llegar antes que las oportunidades.
Pero Ramón insistió.
Le dejó la tómbola.
Tenía que cobrar los números, hacer girar la rueda y entregar los premios. Plata ajena. Cuentas. Responsabilidad.
Como poner a un zorro a cuidar el gallinero.
El salón empezó a llenarse. La rueda giraba una y otra vez. Algunos de la comisión pasaban disimulando para controlar que las monedas terminaran en la lata de la recaudación y no en otro bolsillo.
Ramón, en cambio, no volvió ni una sola vez. La rueda siguió girando entre paquetes de fideos, azúcar, arroz y pequeñas chucherías. Nada extraordinario. Sin embargo, la gente se iba contenta.
Entonces aparecieron Claudia y la pequeña Ayelén. La nena tendría cinco años. Pelo negro, largo, atado con un chuflín rojo. Las manos curtidas por el frío y la tierra. Le alcanzó una moneda de cincuenta centavos y pidió un número.
—¿Cuál querés?
La criatura miró los cartones y señaló el 32.
El Chulo hizo girar la rueda con fuerza.
Trrrrrrrrr...
Sintió el corazón desbocado.
Trr...
Tr...
La rueda se detuvo.
—¡Treinta y dos!
La nena saltó de alegría. La madre la tironeó suavemente del brazo mientras esperaba el premio. Ya no quedaban juguetes.
El Chulo sintió una pequeña vergüenza. Juntó lo que había: una caja de leche en polvo, un paquete de arroz y otro de azúcar. Se los puso en las manos esperando alguna desilusión.
Pero la nena sonrió. Miró los paquetes como quien descubre un tesoro y dijo:
—¡Mi mamá me va a hacer arroz con leche! Y algo pasó.
Quizás fue esa frase. Quizás fue la confianza de Ramón. Quizás fue la tómbola entera. O tal vez todo junto. Lo cierto es que, después de aquella tarde, el Chulo ya no pudo seguir igual.
Dejó de chupar. Dejó el porro. Dejó también las pequeñas cosas que antes se le “quedaban pegadas” para conseguir vino o una seca.
Primero armó un equipito de fútbol.
Después quiso que aquello fuera una alternativa para los pibes del barrio. Más tarde empezaron a juntarse vecinos. Levantaron un club. Pelearon con la Municipalidad para cerrar la calle que partía la canchita por la mitad. Organizaron rifas, tómbolas, empanadas, polladas y festivales.
Como había hecho Don Juan toda la vida. Mientras tanto, Ramón le consiguió trabajo. Más o menos estable. Alcanzaba. Pasaron los años.
Llegaron los hijos. La mujer. La casa de material todavía sin terminar, pero con clara forma de hogar.
Y ahora estaba ahí.
¡Gol! ¡Goooool! El campeonato ya era un hecho.
Detrás del alambrado vio al Pájaro, al Fatiga, al Pancutra. Del otro lado, el Pitu y el Loro colgados del tejido, festejando como si hubieran ganado un Mundial.
Vio a sus hijos gritando. Vio al barrio entero gritando. Y él también gritó. Las lágrimas le corrieron por las mejillas y se le metieron en la boca.
Las tragó. Eran tibias, dulces y espesas. Como el arroz con leche


