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HISTORIAS DE ACÁ

Esos recuerdos que todos tenemos de papá

Un nuevo Día del Padre. Somos, queriéndolo o no, su continuación, una parte de él, una mala copia. Hoy, que todos nos hará pensar en él y compararnos, quizás sea solo sea el momento del cariño y del perdón.

papa

Entro y lo veo. Es mi padre. Me mira con su eterno ceño fruncido, sus cejas espesas, su cabello ya medio raleado y gris, sus bigotes grises también, su barba casi blanca. Tiene, como siempre tuvo, la piel medio rajada por el sol y la tierra.

Lo miro, pero es solo el espejo del baño. Me parezco mucho a él. Pero no, él era el doble. Dos veces más alto, los pies dos veces más grandes, las manos más grandes, las piernas más largas, los brazos más fuertes.

Me parezco a él. Al menos me parezco a ese hombre que recuerdo. No quise parecerme, pero aquí estoy. Se me notan en la cara algunas alegrías y algunas penas, varias ausencias, alguna que otra esperanza, dos o tres ideas más o menos interesantes, varios olvidos y un par de encuentros. Algunas convicciones, muchas dudas.

Noto todo eso en las arrugas de la frente, en las que se forman desde los pómulos hasta la boca, en las comillas de los ojos. ¡La pucha!, después de tanto andar buscando destinos, apenas terminé siendo igual a mi viejo. O
pareciéndome, porque él era el doble. En todo. Y a veces, sucede otra cosa. No ocurre siempre, solo a veces.

Cuando paso por uno de los ambientes de la casa donde vivo, siento ese olor. El olor de la casa de mi padre, una mezcla de olores que crean un olor único. Una mezcla de olor a humo de leña seca, de pan casero que ya se puso agrio, de bolsa de harina de 50 kilos, de tierra y sudor, de trapos viejos. No siempre siento ese olor, solo a veces.

Especialmente cuando estoy solo en la casa, por las mañanas y en algún momento de la tarde. Olor a humedad, a sombras, a ventanas cerradas, a polvo de años. Un olor a todo eso junto, mezclado, transformado en ese olor único a la casa de mi padre. Cuando paso por ahí, por esa pieza y siento el olor, sigo caminando. Hacia atrás. De regreso. Y recuerdo.

Una relación con el silencio

Papá siempre se levantaba temprano. Prendía el fuego, calentaba el agua y se ponía a matear sentado al lado de la cocina a leña. De grande me doy cuenta de que su madrugar tenía relación con la necesidad del silencio y la reflexión en soledad.

Al mediodía, después de preparar el almuerzo y comer, el cansancio lo vencía. Pero, por alguna razón, no se permitía dormir siestas largas. Anunciaba que se tiraría “cinco minutos” (lo decía en alemán, “fünf minuten”, decía) y se desmayaba en la cama. Con mi hermano deseábamos que ese descanso se estirara.

Era nuestra posibilidad de jugar, de hacer lo que se nos diera la gana porque después había que trabajar. Sin embargo, mi viejo se despertaba a los cinco minutos, a los diez con suerte. Se levantaba de un salto, casi siempre malhumorado por haber perdido tanto tiempo, por haberse dado el permiso del descanso. Nosotros pagábamos el precio.

Y el cansancio aparecía otra vez a la noche, nunca muy tarde. A las diez, después de la cena, otra vez sentado junto a la cocina a leña y con un vaso de vino templándose arriba de ella, cabeceaba y se quedaba dormido. Nunca se iba a la cama antes que nosotros. Era otro rato de soledad y, de paso, no lo veíamos derrumbarse. Heredé ese reproche hacia el descanso. Lucho con él, pero fracaso.

Durante mucho tiempo, creo que hasta que papá murió, solo conservé el recuerdo de su malhumor después de la siesta de cinco minutos. Ahora puedo analizar otras cosas, pero ya es tarde.