Sucedió hace ya unos años, quizás siete u ocho. Y lo extraño es que todavía no encontré una explicación convincente. El cosito fue —y sigue siendo— un misterio absoluto.
La cosa pasó más o menos así: durante un instante tuve la revelación. Pensé:
“Al fin, después de miles de años de evolución y de humanidad golpeándose contra el universo, hemos descubierto el cosito. No uno parecido. No una versión aproximada. No un sucedáneo. Un cosito real. El cosito perfecto. Ese que todos hemos mencionado alguna vez sin haberlo visto nunca”.
Porque está claro que los supuestos cositos que uno sale a buscar desesperadamente —a la ferretería, a la mercería, a la botica, a la tornillería, al bazar del barrio y hasta al chino de la esquina—, no son verdaderos cositos. Les decimos “cosito” porque no sabemos cómo se llaman, porque nos falta vocabulario, o dignidad, o paciencia. Pero no lo son. Son remedos, reemplazos, piezas truchas del universo cotidiano.
Este, en cambio, el que apareció en mi casa sin aviso previo, era un cosito auténtico. Un cosito hecho y derecho.
No dice nada, no trae sello, marca ni instrucciones, pero estoy seguro de que lo fabrican en China. Todos sabemos —porque el saber popular es sabio cuando quiere— que los chinos se dedican básicamente a dos actividades fundamentales: sembrar arroz y fabricar cositos. Y cuando no hacen ninguna de esas dos cosas, se multiplican de manera alarmante. Millones y millones de chinos y chinas producen cositos día y noche, sin descanso, con disciplina milenaria. El Banco Mundial, dicen por ahí, informó hace poco que la producción diaria de cositos alcanza cifras descomunales, imposibles de contar sin perder la cordura. Es una lluvia constante de cositos cayendo sobre la humanidad.
Ahora bien, para quien nunca ha tenido el privilegio de contemplar un cosito verdadero, intentaré describirlo. Mide unos siete centímetros de largo y aproximadamente ocho milímetros de diámetro. Su “mango” —o lo que demonios sea— es cónico y hueco, apenas más ancho en el extremo superior que en el inferior. Como si fuera un embudo tímido, un embudo que dudó en ser embudo y quedó a mitad de camino.
HISTORIAS DE POR ACÁ Antes de que llegue Alfredo
En el extremo inferior del cono aparece un pequeño cubo hueco. Un cubito prolijo, geométrico, también de unos ocho milímetros por lado. Pero no es un cubo cualquiera: tiene dos ranuras. O mejor dicho, tiene una especie de pestaña que rodea dos de sus caras. Ese detalle, aunque parezca insignificante, es trascendental. Yo siento —no sé por qué, pero lo siento— que la verdadera función del cosito, su sentido profundo, su propósito existencial, está escondido en esas ranuras.
El cosito no tiene más particularidades. No brilla. No se enciende. No se abre ni se transforma. No hace ruido ni promete nada. Y sin embargo, es perfecto. Simple, limpio, fabricado con cuidado, con un respeto absoluto por la esencia misma del cosito. Porque hasta ahora, los cositos que conocíamos tenían siempre una función concreta: enganchar algo, sostener algo, cerrar algo, arreglar algo. Este no. Este existe. Eso es todo. Es cosito y punto. No necesita justificarse ante nadie.
Aparece, además, en las cartucheras escolares de estos tiempos. No está claro por qué. Nadie entiende con qué fin. Jamás ningún maestro pidió un cosito. Ningún programa escolar menciona la materia “Cositología Aplicada”. Pero los chinos decidieron que esa era la mejor manera de distribuirlos a la humanidad, como quien siembra esperanza, confusión y fascinación al mismo tiempo.
Hace unos días, mis hijas recibieron unas cartucheras nuevas. Y dentro de cada una venía, cuidadosamente escondido, el correspondiente cosito. Uno para cada una. Desde entonces, ellas son felices. No saben para qué sirve, pero lo aman. Lo miran, lo llevan, lo muestran. Y yo también soy feliz. Porque sospecho que, de alguna manera incomprensible, el mundo es un poco mejor desde que existe un cosito verdadero en casa.

