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HISTORIAS DE POR ACÁ

Crónicas de una Mendoza futura, parte 3: El rectángulo

En una Mendoza donde el pasado fue borrado, una fotografía en blanco y negro pone en duda una de las certezas más profundas del protagonista.

nota quique

En este rectángulo de diez por quince pasaron cosas. La foto es blanco y negro. Una madre alimenta a su bebé mientras mira al ojo que la mira. Detrás de ella, un sauce enmarca el paisaje del dique Potrerillos, más lejano todavía.

Está sentada sobre un tronco caído en el pasto. A un costado se ve un canasto, quizás con algo para comer y algo para tomar. Ella parece sonreír. No es exactamente una sonrisa: apenas una leve tensión en los labios, como una premonición.

Antes de sentarse allí caminó bastante, siempre en subida. Porque es la cima de una ladera suave desde donde se distinguen el espejo del dique y las primeras cumbres de la Cordillera.

Siempre vuelve ahí. Pero no siempre. Solo en los días soleados y sin nada de viento, que no son tantos. Agarra el canasto, guarda tres cosas, alza a su hijo y camina. Sube. Llega. Entonces se sienta al sol mientras mira el lago o la montaña, según hacia dónde decida orientarse. Allí permanece todo lo que puede.

Casi siempre va de tarde, porque el sol de la mañana no alcanza a calentar y apenas consigue levantar la escarcha. Se queda hasta que la luz comienza a desgajarse sobre las cumbres de los cerros. Entonces toma el canasto y a su niño, que ya se ha llenado de tierra y pasto, y empieza a bajar, hasta que, después de veinte minutos de caminata, la pendiente vuelve a hacerse valle.

Un rectángulo de diez por quince

Y en el valle está su casa. Después, en su casa, espera el próximo día soleado. Antes de la foto, mucho antes de ese rectángulo de diez por quince, ella había sido una muchacha sin bebé. Casi una niña que soñaba con pintar.

Todavía ahora, algunas veces —muy pocas—, se lleva hasta la cima un papel y tres colores, siempre los mismos, los únicos que le quedan: amarillo, rojo y azul.

Entonces hace unos trazos. Dibuja. Pinta al descuido. Siempre es un horizonte. Un borde donde la Cordillera parece terminar, aunque uno sabe que continúa mucho más allá.

Encontré ese rectángulo un día de lluvia, en mi espacio de descanso. Estaba preparando mis documentos para renovar la visa de alimentación cuando abrí por equivocación un sobre gris, pensando que allí estaba mi autorización sellada. Pero no. Era un sobre distinto, que no sé cómo llegó ahí ni quién lo puso.

Quizás haya pertenecido a alguno de mis antecesores cuando me entregaron las hojas de ruta. Me preocupé enseguida.

No está permitido conservar objetos de la época anterior a EFI-CIENCIA que puedan despertar recuerdos o generar asociaciones con el mundo previo. Nunca me interesó saber nada de eso. Mi método de vida es simple y cómodo. No necesito angustias de origen desconocido.

Esta imagen, este rectángulo, esta foto —porque sé que así la llamaban— no me dice nada concreto. No sé qué significa. Solo me produce temor que alguien la descubra y me envíen al Área de Corrección.

Nunca estuve allí, aunque sí hablé con personas que regresaron. No quisieron contarme nada. Pero se los veía apagados, distantes, como si una parte de ellos hubiera quedado lejos. Incluso cuando sonreían sin motivo y repetían frases mecánicas:

—Gracias.

—Un gusto compartir contigo esta tarde.

—Nos veremos mañana.

—Buen día.

—Gracias.

La mujer del canasto tiene una mirada que nunca vi en nadie. Detrás de ella, la montaña parece inmóvil. Sin embargo, algo en esa quietud transmite una libertad que no logro comprender.

Parece estar observando algo que yo no puedo ver. Algo más lejano. O quizás algo que todavía no existe. Entonces entendí qué era lo que me inquietaba de esa foto.

No era la mujer. No era el niño. No era el lago. Era el tiempo. La imagen había conservado un instante para siempre.