HISTORIAS DE POR ACÁ

22 de agosto de 1994, el día de la crueldad más salvaje

Hace una década lo entrevisté en la cárcel. No hablaba, apenas se hacía oír a través de una válvula en la garganta. Había matado a sus cuatro hijos en 1994. Esta es la reconstrucción de aquel encuentro y de un caso que todavía resuena en silencio.

Lo fui a ver hace unos diez años. Después no supe más de él. Por estos días debe de estar haciendo su vida en algún lugar, tal vez entre hileras, con sus cuentas al día.

La historia de Julio César Giménez Retamales se le había quedado atravesada en la garganta. Tenía un pequeño botón blanco en el cuello, a la altura de la nuez. Parecía el botón de encendido de un lavarropas, de una licuadora, de una picadora de carne.

Para disimularlo, llevaba siempre la cabeza apenas inclinada hacia adelante. Eso lo hacía ver todavía más bajo: no llegaba al metro sesenta.

Aquel día en la penitenciaría, Giménez sacó de los bolsillos unos anteojos y un puf, y los apoyó en el antepecho de una ventana. Luego levantó los brazos y dejó que el guardiacárcel lo palpase de arriba abajo. Después, sin ganas, extendió la mano derecha para saludar: era una mano flácida. A continuación presionó el botón con el índice y dijo, como en un murmullo: “No quiero hablar con ellos. Vine porque pensé que me llamaba el juez”.

De inmediato guardó el puf en el jean, los anteojos en el bolsillo de la camisa roja —ropa limpia, en buen estado— y se quedó junto a la reja, esperando que volvieran a abrirle.

Giménez no hablaba con la prensa. Nunca lo había hecho. Jamás quiso explicar cómo se había provocado aquel agujero en la garganta con un cuchillo tramontina, ese mediodía del 22 de agosto de 1994. Una “traqueotomía incompleta”, según certificó el forense, que lo mantuvo internado casi dos meses.

Un rato antes de herirse, había degollado a sus cuatro hijos: María Edhit (7), Ana Rosa (6), Carlos César (5) y Juan Exequiel (2).

La voz que salía de ese botón era monótona, sin emoción. Casi nadie la había escuchado en la cárcel durante años.
“Es un interno que prácticamente ha pasado desapercibido. En todos los informes de conducta se lo calificó con el puntaje más alto”, decía entonces el juez de Ejecución Penal, Sebastián Sarmiento.

En ese momento, Giménez tenía salidas transitorias de fin de semana. Salía el sábado por la tarde y regresaba puntualmente el domingo. Cada vez, según registros penitenciarios, esperaba frente a la reja para volver a entrar.

El cómputo oficial indicaba que llevaba 19 años, 10 meses y 21 días detenido. Estaba en condiciones de pedir la libertad condicional, pero no había iniciado el trámite. Tal vez —decían otros internos— “se lo había comido la reja”.

Aun así, había gente que lo esperaba: familiares cercanos, una mujer que decía ser su nueva pareja y hasta un hermano de su ex esposa, a quien muchos señalaban —sin pruebas concluyentes— como parte del conflicto que lo desbordó.

También en Chapanay, el pueblo donde ocurrió todo, algunos vecinos parecían dispuestos a aceptarlo en silencio.

Quizás quería salir, pero no se animaba. A veces, la cárcel termina siendo un refugio.

Afuera

En el cementerio de Palmira, los nichos de los cuatro niños están alineados, uno sobre otro, en el sector de los “Angelitos”. Pintados de blanco, con letras negras irregulares y flores de plástico. La vida interrumpida demasiado pronto. “La familia viene seguido”, decía entonces el sepulturero.

El caso había quedado grabado incluso en quienes lo juzgaron. “No quise ni mirar las fotos de los cuerpos. Fue uno de los hechos más terribles que me tocó”, recordaba Roberto Martínez, juez de Cámara ya retirado por entonces.

“Fue un acto sin explicación lógica. En lo técnico, un caso simple; en lo emocional, muy difícil”.

La sentencia de prisión perpetua se dictó el 8 de mayo de 1995. Giménez debió declarar por escrito: la herida en el cuello le había afectado las cuerdas vocales. El botón llegaría tiempo después.

En Chapanay, su figura se fue diluyendo. Pocos decían reconocerlo cuando regresaba con salidas transitorias. Entre vecinos, el tema persistía como una historia que se cuenta en voz baja: en la escuela, en la parroquia, en los almacenes.

Quienes lo recordaban lo describían como “tranquilo”. Otros agregaban, ya con la memoria atravesada por el crimen, que era celoso y violento.

En los papeles figuraba como jornalero. En la práctica, había sido obrero rural y albañil. En prisión trabajaba en tareas internas y en el mantenimiento de espacios externos. Nadie parecía esperar demasiado de él. Tampoco él de nadie.

El crimen

Julio César Giménez y Rosa Alejandra Soria tenían cuatro hijos y una relación inestable. Las discusiones quedaban puertas adentro de la casa de adobe en Chapanay, hasta que comenzaron las separaciones.

En una de ellas, Rosa se fue con los niños, aunque luego los dejó al cuidado del padre. Parientes cercanos colaboraban en la crianza. Giménez sospechaba que su mujer tenía otra relación.

El 17 de agosto de 1994, cinco días antes del crimen, ambos acudieron a un juzgado de Familia en San Martín.
“Decidimos reconciliarnos”, escribió él después. “Yo siempre pensé primero en la familia”. La reconciliación duró poco.

El domingo 21 hubo una discusión. Giménez sacó a los chicos al patio y se encerró con su esposa. La golpeó. Ella no denunció ese día.

Al día siguiente, lunes 22, fue al centro de salud. Tenía lesiones en el brazo derecho y otros golpes. El enfermero le sugirió denunciar.

Cerca de las 11, al salir, se cruzó con Giménez. Según su relato, él le advirtió: “Si das un paso, voy a cometer una locura”.

Minutos después, mientras Rosa pedía ayuda en el destacamento policial, Giménez regresó a su casa. En el juicio escribió: “Sentí como si el mundo se me viniera encima... no recuerdo qué hice”.

La secuencia real fue otra. Se encerró con los niños y tomó un cuchillo. Los mató uno por uno.

Cuando la policía llegó, la puerta no cedía: el cuerpo de Giménez la trababa desde adentro. Estaba tendido, herido, con el cuchillo en la mano. Los niños ya estaban muertos.

Las pericias determinaron que tres murieron en el acto. La mayor intentó escapar, pero cayó a los pocos pasos. Giménez fue trasladado al hospital y sobrevivió.

Pasó mucho tiempo desde aquella visita. Probablemente hoy esté en libertad. No sé si esperaba ese día. O si, en el fondo, lo temía.