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FISCAL INOLVIDABLE

Adiós al etílico Carniello, con cariño y admiración

En un relato íntimo, Enrique Pfaab despide al recordado fiscal Carniello desde la admiración, la amistad y las memorias compartidas en torno a la justicia y la vida.

Daniel Carniello

─ Charlemos todo lo que quieras, pero fotos no ─ dijiste, apenas nos saludamos.

─Un par de fotos voy a necesitar. Alguna como fiscal y otra como músico ─ te respondí.

─ Decile los del diario que busquen en el archivo. Creo hay un par. Arreglate con esas, no quiero fotos.

─ ¿Por qué tanto problema con las fotos?, si lo conocen todos, doctor ...

─ Porque no salgo bien en las fotos ─ dijiste, y como argumento te señalaste el ojo virolo.

Después de todo, eras un hombre del escenario, arriba de él y en Tribunales, y tratabas de cuidar la imagen. Una imagen que siempre intentaste que fuera la de un rockero fuera de lugar.

Creo que en parte por eso fuiste el funcionario con más Jury de Enjuiciamiento acumulados. Pero claro, superaste todos, porque nunca hubo nada que los justificara.

Fuiste fiscal por excelencia, siempre soñaste con ser juez, pero sabías que no te iban a dejar. Y puteabas para adentro, porque para afuera solo hablabas de tu trabajo. Y de música, siempre de música, porque si fuiste algo en esta vida, fue músico.

Siempre sentiste la vida así. Escrita en una partitura más que en una foja.

Un día me contaste que fuiste abogado solo porque sabías que de la música era difícil poder vivir. Pero le agradecías al Derecho haberte dado una buena vida, a que negarlo.    

No fuimos amigos. La amistad necesita cierta frecuencia y la distancia lo impidió. En cambio, tuvimos unos cuantos amigos comunes.  Como el Roli López. El Roli y vos fueron los únicos que me decían Cachetazo (por mi apellido más pronunciado) 

Aún con la distancia, mantuvimos el contacto suficiente como para estar al tanto de la vida del otro. Ese fue el motivo del último encuentro. Te habías enterado que había publicado otro libro y me pediste uno. Fui a verte una mañana. Nos encontramos en un bar. Apareciste con otros cuatro, todos de saco y corbata.

Me presentantes y les dijiste: “Yo le voy a comprar un libro a este muchacho y ustedes van a hacer lo mismo. No hay excusa. Si no tiene plata, pago yo y después me devuelven”.

Esa mañana vendí esos cinco libros, me pagaste el café y nos volvimos a reír de casi todo.

Gracias por la amistad, Daniel. Que siga siendo rock, allí donde vayas  

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